Era una tranquila y fresca tarde de otoño en Nueva York. Los
niños jugaban en la calle sin ninguna preocupación en la calle. De pronto, las
risas infantiles se sofocaron por el ruido de un motor. Un automóvil negro
atravesaba la calle a toda velocidad, era un auto elegante, de esos que sólo la
gente rica manejaba. El auto redujo la velocidad y se estacionó enfrente de una
vieja tienda de abarrotes y tres hombres trajeados descendieron de él. Dos de
los hombres desentonaban con el auto y la ropa; sus rostros eran hoscos y
tiesos como cuero, parecía que alguien había vestido unos gorilas, sin embargo,
el tercer hombre era distinto a los otros; vestía un traje negro y un fedora
con una banda amarilla y traía peinado su pelo de tal manera que lo hacía ver
muy elegante; a pesar de no ser tan alto como los gorilas que lo acompañaban él
era bastante alto, aunque lo que más resaltaba era su elegancia, cualquiera lo
podría haber confundido con uno de esos magnates que abundaban antes de la
caída de la bolsa.
Los tres hombres entraron a la tienda tranquilamente y se
aproximaron al tendero.
- Buenas tardes señor. Mi jefe, Francesco Vieri, quiere
hacerle una oferta. – Dijo el hombre de traje.
- ¿Qué es lo que quiere de mí?-
- Mire. Nos hemos enterado que a su tienda le va muy bien,
por lo que mi jefe me envió a ofrecerle un seguro para su negocio que le sería
de gran ayuda.-
- ¡No me interesa hacer negocios con unos sucios italianos!
¡Lárguense de mi tienda! – Contesto el tendero enojado.
- Es una lástima que no quiera unirse a nuestra familia.
¿Sabe? Es muy molesto cuando suceden accidentes y uno no está asegurado. – Le
respondió sin inmutarse y chasqueó los dedos.
Acto seguido, los dos hombres comenzaron a destruir la
tienda. Tiraban las botellas, derramaban los barriles y apuñalaban los
costales. Aquella tienda que había resistido el paso del tiempo por varias
décadas ahora era destruida por las manos del hombre, algo que el dueño jamás
permitiría. “¡Bastardos!” Gritó el hombre, sacó una escopeta de abajo del mostrador
y le disparó a uno de los hombres, de inmediato cayó abatido por el impacto,
aunque aún respiraba. “Grave error.” Dijo el hombre de traje, el cual sacó un
revólver antes de que el tendero pudiera recargar y le dio un balazo en la
frente que salpicó de sangre los estantes que había detrás. “¡Sonny! Toma el
dinero y vámonos de aquí.” Le ordeno al secuaz que seguía ileso mientras se
aproximó al otro que yacía en el suelo respirando con dificultad. “No creo que
lo logres y la policía no tardará en llegar. Ya no me eres útil.” El hombre que
ya no tenía fuerzas observó con horror cómo le apuntó a la cabeza y terminó con
su vida.
Los dos hombres salieron con tranquilidad de la tienda y
subieron al auto, el cual arrancó de inmediato dejando tras de sí una enorme
nube de polvo. Por un rato el auto recorrió las calles de la ciudad con sus
ocupantes en silencio hasta que el hombre grande abrió la boca.
-Señor Vongola. Creo que matar a Mickey no era necesario. Él
podría haberse curado y estoy seguro que no hubiera cantado aunque lo
interrogaran.- Mencionó con un poco de miedo el tipo grande.
El hombre del sombrero lo vio de soslayo y dijo: -Ya no me
era útil. Cuando algo no me es útil simplemente lo desecho. –
-¡Pero jefe… -
Intentó contestar antes de que lo pescaran del cuello y le soltaran un
puñetazo en la cara.
-A ti nadie te paga para que pienses.- Le dijo con cierta
exasperación y procedió a abrir la puerta del auto en movimiento y lo empujó hasta
que su cabeza casi rozaba el piso en movimiento.
-Nunca me vuelvas a cuestionar. ¡Nunca! Si acaso intentas
contradecirme de nuevo, aunque sea un poco, terminarás como Mickey en menos de
lo que tu pequeño cerebro pueda pensar cualquier cosa. – Y procedió a jalarlo
de nuevo hacia adentro y cerró la puerta.
Durante el resto del viaje no se menciono otra cosa del
tema, ni de cualquier otro tema. No había nada más que hacer que esperar llegar
a su destino. Tardaron un largo rato en llegar al viejo Bronx, para ese momento
ya había anochecido y ya casi no había nadie en las calles con excepción de
algunos vagabundos. Llegaron a lo que parecía una casona abandonada y se
acercaron a la parte posterior en la cual había una gruesa puerta de metal en
la que tocaron tres veces.
-¿Cuál es la
contraseña? – Preguntó una voz en el interior.
-Abreme idiota.- Dijo el hombre del sombrero. –Ya sabes quién
soy y lo que te pasará si no abres.-
Sin pensarlo, el portero abrió la puerta y lo empujaron a un
lado cuando los dos hombres entraron. El interior de la casona era totalmente
distinto en el interior, al menos en el sótano. Lo que por fuera parecía una
construcción en ruinas por dentro era un lugar hermoso. Los pasillos estaban
adornados por tapices de terciopelo rojo y luces tenues. Para el observador
externo podría parecer un lugar tranquilo, sin embargo, en el interior la
alegría de los músicos de jazz animaba a todos los que bebían licor ilegal y
bailaban hasta caer agotados. Todos se divertían de este modo con excepción de
un grupo de hombres que sólo se sentaban a hablar y abrazaban a alguna mujer
ocasionalmente. Entre ellos estaba un hombre de aproximadamente 60 años que
observaba todo el lugar con su mirada de halcón y no tardó en percatarse de la
presencia del hombre de sombrero.
-¡Ezio! ¡Ven aquí mi amigo!- Le grito el hombre. Ezio se
acercó a la mesa y el hombre se puso de pie para abrazarlo.
–Siéntate con nosotros a beber. Nos acaba de llegar un
güisqui de muy buena calidad.-
-Gracias Francesco. Sólo quiero un café cargado.- contestó
Ezio sentándose a un lado de él.
El lugar estaba más animado que de costumbre. Era el único
lugar en el que las personas de distintas clases sociales se reunían. Los
comerciantes y empresarios adinerados de la ciudad bebían ron y güisqui,
mientras que los menos adinerados se conformaban con una cerveza. La música era
casi ensordecedora y el olor a tabaco se impregnaba por todo lugar. Ezio lo
detestaba y tenía que aguantarse de vomitar en aquel lugar, su única razón para
estar ahí eran los negocios; nunca estaba más de lo necesario.
-¿Cómo te fue con tu trabajo de hoy?- preguntó Francesco
-¿Vendiste algún seguro nuevo?-
-Estuve a punto de vender uno, sin embargo al comprador no
le pareció justo y a pesar de que traté de convencerlo se negó rotundamente.
Tuve que darle un retiro anticipado a Mickey por esta razón.-
-¿Mickey murió? Es el tercer ayudante que pierdes en los
últimos dos meses. Necesitas tener más cuidado.-
-Él fue el que no tuvo cuidado. Dejo que el tendero lo
hiriera, por lo que ya no me sería de utilidad. Aparte podría haberle cantado a
la policía si lo pescaban.-
-Entiendo. No me agradan delo todo tus métodos, pero siempre
entregas resultados. No por nada eres mi mejor capo.-
Francesco invitó a Ezio a jugar Póker un rato, a lo cual
accedió. Él tenía algo que siempre le permitía ganar; muchos lo acusaban de
hacer trampa, pero ninguno lo había podido comprobar, sin embargo, los que lo
conocían sabían que había dos cosas que le daban la ventaja: la primera era su
expresión fría, muy rara vez mostraba alguna emoción, y los juegos de póker no
era uno de esos momentos; la segunda era llanamente una suerte descomunal, por
ello los que lo conocían sabían que si el entraba a la mesa se podían ir
despidiendo de su dinero.
-¡Este bastardo tiene más suerte que todos nosotros juntos!
Grito uno de los hombres con una mezcla de sorpresa y enojo.
-¡Este chico es mi amuleto de la suerte!- Dijo Francesco. –
Cuando quiero que un trabajo esté bien hecho el es mi hombre; no importa lo que
se tenga que hacer, siempre entrega resultados.
-Ya que lo mencionas. ¿Para qué me llamaste?- Preguntó Ezio
– Dudo que el gran Fracesco Vieri me haya llamado tan sólo para que lo deje a
él y sus amigos sin un centavo.
-Qué bueno que me preguntas amigo. Es lo que me agrada de tí;
siempre vas directo al grano cuando se trata de negocios. Como tu bien sabes
desde que mi esposa murió he estado buscando a alguien con quien compartir mi
vida, ningún hombre debería estar solo, ni siquiera tú amigo. Hace poco conocí
a esta mujer que trabajaba como bailarina aquí, a lo mejor la viste alguna vez;
ya sabes, la típica joven que decide abandonar la granja de papá para triunfar
como actriz. Como siempre, intenté cortejarla mostrándole lo que le podría dar
si se quedaba conmigo, y al comienzo parecía haber aceptado, sin embargo, no
era el único hombre del que aceptaba regalos. Por esta razón quiero pedirte que
le enseñes modales mi amigo.-
-Siempre te lo he dicho Francesco, las mujeres sólo causan
problemas. Recuerda que no debes confiar en nadie, no lo hagas en los hombres,
ni mucho menos en las mujeres.-
-Entiendo lo que me dices. Por eso es muy importante que
hagas un ejemplo de ella, Si no lo haces cualquiera podría tomarlo como
debilidad. Toma esta rosa. Tíñela con su sangre y tráemela de vuelta. Te pagaré
el doble de lo normal esta vez.-
-No te preocupes. Sabes que mientras pagues haré lo que me
pidas.-
-¡Por eso eres mi favorito! Ahora toma esta dirección; según
mis contactos ella vive ahí. Ella responde al nombre de Kate Jefferson. Esta es
su foto.-
Ezio observó la foto. Estaba muy borrosa, sin embargo se
podía apreciar a una joven hermosa en sus veintes con una larga cabellera
negra, algo que era raro entre las mujeres que frecuentaban el lugar. Se
despidió educadamente de todos en la mesa y salió de aquel bar. Su chofer lo
espera bebiendo algo de ron de una licorera que siempre cargaba consigo; cuando
lo vio subió al auto de inmediato y le preguntó a donde debían ir ahora. Le
entregó la dirección y partieron de inmediato.
El paseo fue corto, a esas horas no había gente y el lugar
no estaba muy lejos. Llegaron a una casa muy elegante, aunque familiar para los
dos hombres; por fuera parecía una residencia de señoritas bastante común, una
de esas a la que los padres adinerados mandaban a sus hijas para que conocieran
el mundo antes de casarse, sin embargo, el interior no se parecía en nada;
todas las que Vivian ahí estaban conectadas con los negocios de la familia
Vieri. Algunas eran prostitutas, otras eran las amantes de los altos mandos,
algunas más eran las favoritas en los bares. Ezio descendió del auto y tocó la
puerta, algunos momentos después la encargada del hogar estaba frente a él. Su
apariencia era la de una dulce abuelita, sin embargo él conocía la verdad; en
su juventud había sido una de las principales asesinas de la familia Viera,
había seducido a cientos de hombres y los había llevado a la tumba. Ahora su
papel era vigilar los bienes de la familia, aunque si se lo proponía todavía
podía matar a cualquiera que fuera tan tonto como para faltarle al respeto.
-Buenas noches Señora
Graziano. Disculpe que la moleste a esta hora.-
-No te preocupes hijo mío. Sabes que un Joven apuesto y
educado como tú siempre es bienvenido a la hora que quiera.-
-Es bueno saber eso, pero mi visita es de negocios. Estoy
buscando a esta joven llamada Kate. ¿De casualidad sabrá dónde puedo hallarla?-
Le dijo mostrándole la foto.
-La recuerdo. Era una buena niña, su único problema es que
no regresaba a casa cuando le correspondía. Lástima que no te pueda ayudar.
Tiene días que no la veo, pero seguro su amiga Sarah sabe a dónde se fue, ellas
siempre estaban juntas y se contaban todos sus secretos, son casi como
hermanas.-
-¿Dónde puedo encontrar a Sarah?-
-Ella está arriba. Hoy es su día libre y lo aprovecha
normalmente para limpiar su habitación. A esa niña no le gusta el desorden para
nada. Es una de esas niñas buenas que vienen a trabajar por necesidad; su
abuela está enferma y trabaja para pagarle el médico.-
-Muchas gracias. Espero no le moleste que hable con ella unos
minutos, prometo ser breve.-
-Claro que hijo, sólo se breve.-
-Lo seré.-
Ezio procedió a subir las escaleras. El lugar parecía estar
muy bien cuidado, no había ni una mota de polvo o algo fuera de su lugar. La
habitación de Sarah resaltaba entre todas, era la única con la puerta decorada
con detalles dorados, al parecer las reglas sobre la decoración no eran muy
estrictas en comparación a lugares similares. El interior no era muy diferente,
tenía cierta elegancia, sin embargo parecía la habitación de una niña; había
tantas muñecas que la sensación de sentirse observado provocaba escalofríos.
Del armario salió Sarah cargando varios vestidos. Ella parecía ser muy joven,
era de estatura pequeña y la combinación de su cabello rubio que le llegaba a
los hombros y sus ojos azules la hacían que pareciese una muñeca.
-¿Le puedo ayudar en algo señor?- Preguntó la joven un poco
sorprendida de hallar un hombre en su habitación.
-Hola Sarah. Estoy buscando a tu amiga Kate. ¿Sabes dónde se
encuentra?-
-Lo siento- Dijo titubeando –No la he visto desde hace días.
La última vez que la vi dijo algo de querer comenzar de nuevo y empacó algo de
ropa en su maleta. Ni siquiera se despidió.-
-Creo que no estás siendo honesta conmigo. Necesito que me
digas la verdad.-
-Es todo lo que se de ella. No me contaba mucho.-
-¿De verdad no sabes? Cuando la gente me miente pasan cosas
malas. La abuela de alguien podría no recibir su tratamiento o podría morir
misteriosamente.-
-¡No por favor!- Grito la joven. - ¡Mi abuela es todo lo que
tengo! ¡No se atrevería!-
La única respuesta que recibió fue un puñetazo en la cara
que la tiró al suelo y la dejó con la boca y la nariz sangrando.
-Me atreveré a lo que sea necesario para cumplir mi objetivo.
Ahora me dirás lo que sabes y me podré retirar de aquí.-
-De a… de acuerdo.- Dijo entre sollozos. –Kate es… está… en
una cabaña cerca de… cerca de Delancey Cove. Ella se oculta… ahí.-
-Me alegra que hayas podido entender. Ahora me retiraré.
Espero que esto te sirva como lección para no mentir.-
Ezio salió de la habitación dejando a la chica llorando y
partió hacia Delancey Cove. La ruta hacía la cabaña era un camino desolado que
atravesaba el bosque; lo único que lo iluminaba era la luz de la luna llena que
atravesaba las ramas secas de los árboles. No era un lugar que muchas personas
visitaran. Hace muchos años los cazadores lo visitaban, pero todas las presas
que valían la pena habían desaparecido desde hacía mucho tiempo.
La cabaña se encontraba en un claro del bosque, se
encontraba en un estado bastante desgastado, al parecer había sobrevivido al
clima inclemente por varios años. Cualquiera podría pensar que estaba
abandonada, lo único que delataba la presencia de un humano en su interior era
la tenue luz de una lámpara de aceite. El auto se detuvo a una distancia
prudente para no ser oído y Ezio camino hasta llegar a la cabaña. En el
interior se encontraba una joven de no más de veintitrés años, a pesar de haber
pasado varios días sin comida ni agua todavía era visible su belleza; su
cabello negro estaba un poco sucio y despeinado, sin embargo mantenía buena
parte de su forma; su vestido era el de una campesina, no se parecía en nada a
lo que usaba durante su estancia en la ciudad y su postura delataba algo de
cansancio.
Él estaba preparado para matarla, sólo necesitaba darle un
disparo en la nuca y todo terminaría de manera rápida y limpia. Sin embargo, él
disfrutaba de eliminar a sus victimas; dispararle a través de la ventana no
hubiera sido tan placentero como hacerlo a quemarropa. El olor de la pólvora y
la sangre, el sonido de la bala atravesando el cráneo y el sonido del cuerpo al
caer eran música para sus oídos. Decidido a que este era el momento indicado
decidió entrar a donde estaba la joven meditabunda. Parecía que sólo pensaba en
lo que haría con su vida, aunque ella ya sabía de la presencia de su agresor,
lo único que esperaba era el momento indicado para defenderse.
Él abrió la puerta la cual soltó un chillido, entonces ella
decidió fingir sorpresa y voltear a verlo. Ya no podía fingir para que se
acercara a ella, tendría que esperar a
que pasara de alguna forma, si es que pasaba.
-Buenas noches. No luce como en la fotografía.-
-Que puedo decir. La cámara me favorece.-
-Según me contaron no sólo la cámara le favorecía. ¿Le suena
el nombre de Francesco Vieri?-
-Ya veo. El viejo manos largas decidió que como no me podía
tener, entonces nadie más lo haría.-
-Admiro su sagacidad. Seguro ese cerebro tan inteligente
servirá para decorar las sucias paredes de esta cabaña.-
El asesino tomó el arma y cuando le apuntó ella tomó un
cuchillo de la mesa y lo lanzó hacia él; apenas le rasgó la manga pero fue
suficiente para que fallara el tiro. Entonces se lanzó contra él tomando con
una mano su muñeca y trató de quitarle el arma.
-Quería hacer esto fácil para ti. Lástima. ¡Ahora lo haré de
la manera divertida!-
Los dos forcejearon un rato, ninguna dejaba que el otro
ganara terreno. Ella trató de paralizarlo con un rodillazo al abdomen, pero
él contestó con un puñetazo a los riñones.
Apenas estuvo a distancia del cuchillo que había lanzado se zafó para tomarlo e
intentó apuñalarlo, pero él evitaba todos los golpes, a pesar de ser incapaz de
disparar gracias a ellos.
-¡Nunca me pescarás maldito!-
-No me interesa pescarte, sólo quiero matarte para que me
paguen.- Contestó con una sonrisa sardónica.
-¿Sólo por eso lo harás? Seguro eres otro perro de
Francesco.-
-Simplemente me interesa la plata. Mataré para el que me
pague.-
El intercambio de golpes fallidos siguió por un rato.
Ninguno de los dos lograba atinar el golpe indicado hasta que Ezio vio un hueco
en su guardia que le permitió tirarla al suelo y alejar el cuchillo lejos de su
alcance. La golpeó en la cara con su pistola y la recargó contra la pared.
-¡Mátame hijo de perra! ¡Vamos! ¡Mátame!- Gritó ella con
enojo.
Él la vio a los ojos y notó algo familiar. Siempre veía a
sus victimas a los ojos cuando tenía la oportunidad, sin embargo, esta vez no
sintió el placer que sentía al hacerlo. Había algo familiar en sus ojos, no
podía estar seguro de que era, pero no le permitía jalar el gatillo. El dulce
sabor de la muerte inevitable se había vuelto amargo. Entonces sin pensarlo más
jaló el gatillo y le disparó en la mano. Ella con una mezcla de odio, confusión
y dolor le gritó: “¿Qué haces estúpido? ¿No tienes el valor de matarme?” El no
hizo caso y sacó de su bolsillo la rosa blanca que le había dado Francesco,
tomó la mano de ella e impregnó la rosa con ella la cual tomó un tono carmesí. Une
ve hecho esto procedió hacia la puerta y antes de salir dijo con un tono serio.
“Lárgate de esta ciudad. No me importa a donde vayas ni que hagas, pero vete de
aquí. Si acaso llego a verte de nuevo te mataré de inmediato.” Una vez dicho
esto abandonó la cabaña dejando a la joven bañada de sangre y lágrimas.
Dejando la cabaña detrás de sí se pregunto que había pasado
ahí. Nunca había perdonado a nadie, en especial cuando los tenía indefensos.
Todo el camino de regreso meditó acerca de ello sin obtener una respuesta. Algo
había en su mirada que le resultaba familiar, algo de su pasado, pero no sabía
que parte de él. Sólo sabía que había fallado en lo que hacía mejor, pero más
importante, su instinto le decía que había cometido un error.
Al llegar de nuevo con Francesco lanzó la rosa teñida de
sangre a su mesa, en respuesta Francesco asintió de manera aprobatoria.
-Cumpliste con tu parte como siempre. Aquí está el dinero
que te prometí.-
-Esta es mi parte favorita al terminar un trabajo. No hay
nada mejor que esto.-
-Deberías aprovecharlo y contratar algunas chicas. Ya sabes.
Diviértete un rato. Disfruta la vida.-
-¿Para acabar como tú? No gracias. Prefiero gastármelo en
algo que disfrute. Los seres humanos son problemáticos.-
-Está bien. Pero de verdad me cuesta creer que estés tan
sólo.-
-No estoy solo. Tengo mi dinero.-
En ese momento Ezio alcanzó a oír a dos de los matones de
Francesco murmurando sobre su retorno. Algo en especial captó su atención:
-¿Tú crees que haya sacado provecho de esa zorra antes o después
de matarla?-
-Dudo que lo haya hecho. Él no tiene lo necesario para
hacerlo.-
Al momento que terminó la frase una bala atravesó el cráneo
del matón. Al mismo tiempo todo el lugar quedó en silencio gracias al sonido de
la bala. Silencio el cual rompió gritando:
-¿Alguien más piensa qué no tengo lo necesario para hacer
algo? ¡Vamos! ¿Nadie? Bueno. Ahora ya saben lo que pasa cuando alguien me falta
al respeto.-
Todos los asistentes observaban en silencio y horror. Los
demás matones tenían sus armas apuntadas hacia a él, pero Francesco los detuvo.
-Hijo. Si no fueras uno de mis mejores hombres ya estarías
lleno plomo. ¡Limpien este desastre y sigan con la música!-
Ezio se despidió de Francesco de manera respetuosa y se
retiro a casa para contar su dinero y meditar sobre aquella noche. De algún
modo sabía que esto no podía acabar así. Algo que nunca lo traicionaba era su
instinto, por ello siempre le hacía caso. En el camino se prometió a sí mismo
el nunca volver a dudar en matar a nadie durante lo que le quedara de vida.