Había llegado el día, después de tanto tiempo preparándonos estábamos listos para la batalla. Llevábamos meses preparándonos, juntando seguidores y recolectando las armas necesarias para tener éxito. A través de la ventana se veía nuestra bandera ondear al ritmo de un amargo tambor que auguraba la llegada del enemigo.
Preparando mi armadura pasaban por mi mente los recuerdo de cómo comenzó todo. Recordé mi antiguo hogar siendo consumido por el fuego feroz de aquella horda; a mi familia siendo capturada mientras trataban de escapar en vano y siendo asesinados por sus captores sin mostrar ni una pizca de piedad.
También recuerdo como tiempo después fui rescatado de la canción de la muerte por unos amables mercaderes, en especial uno de ellos que fue el que me dio aquella espada que se ha vuelto parte de mi propio cuerpo; nunca dejaré de agradecerle por semejantes regalos y por haber concertado mi primer recuento con el viejo.
Al principio no me pareció alguien pero aquel guerrero de épocas pasadas cuya hoja había probado el rojo sabor de la sangre y sentido el agridulce aroma de la victoria, no tardó en demostrar que con su edad no solo había acumulado una gran cantidad de conocimiento, sino que también había adquirido una fuerza comparable solo con su valor y su apego al antiguo al código, el cual durante su entrenamiento tuve que memorizar hasta la última palabra y aprendí a respetarlo como él lo hacía.
Pasaron los años bajo su cuidado, todos los días trabajé arduamente para volver a la espada parte de mí, aprendí los secretos de la arquería y de la equitación y durante las noche me enseñaba la belleza de las letras y la música. Él siempre decía que un verdadero guerrero para conocer el lado más oscuro de la vida tenía que conocer también el más bello; con el paso del tiempo aquel viejo se convirtió en mi segundo padre sustituyendo a aquel que había perdido tanto tiempo atrás.
Desgraciadamente el tiempo no perdona nadie e incluso los guerreros más poderosos caen cuando tienen de oponente a la guerrera más poderosa: La Muerte. Con sus últimas palabras me hizo recitarle el antiguo código; mi voz se entrecortaba mientras lo hacía hasta llegar a una de las partes más importantes que logró esfumar la tristeza que rondaba en el aire. “Un guerrero no debe temer a la muerte, nunca debe huir de ella, en cambio la tiene que abrazar como una vieja miga a la cual lleva esperando desde mucho tiempo atrás”. Terminando de recitar aquellas palabras mi corazón recuperó su alegría y le pude dar la alegría de oír aquellas palabras que fueron centrales durante toda su vida.
Al terminar con esa última me tarea me regaló su vieja armadura que aunque había visto mil batallas aun brillaba como el sol gracias al amor que recibió de su dueño recordando también que una de las primeras lecciones que recibió fue que la armadura del guerrero debe ser cuidada como la propia vida; unos momentos después abandonó este mundo para ir a donde los guerreros les esperaba su batalla final en la cual demostrarían el peso de su honor.
Poco tiempo después de enterrarlo en una tumba que a pesar de haber sida hecha con mucho esfuerzo y cariño no era digna de alguien tan grande salí a conocer el mundo y cumplir mi palabra de portar el código con orgullo protegiendo al desvalido y ayudando a cualquiera que necesitara ayuda. Solo tomé algo de comida, la armadura, mi espada y el caballo del viejo antes de partir y a manera de funeral quemé la choza donde habité por muchos para tener la seguridad de que nunca tendría una razón para mirar atrás.
Cada semana que pasaba conocía nuevos lugares y personas; a veces pedían mi ayuda con algún bandido y otras solo era con alguna tarea pesada. Algo que aprendí es que nunca hay ninguna tarea tan pequeña que no traiga honor, aparte toda la gente mostraba su agradecimiento ofreciéndome alojamiento y comida con lo que lograba sobrevivir de una manera digna.
Unas semanas más tarde tuve mi primer encuentro con un grupo de mercenarios, al principio peleamos un poco e incluso uno de ellos me retó a una carrera donde gané por muy poco pero fue lo suficiente para ganarme su respeto. El mismo día que nos conocimos ya cenábamos como un grupo de viejos amigos por lo cual me contaron su objetivo el cual era vengar a sus amigos caídos. Me comentaron todos los detalles del grupo que perseguían y de cómo incluso los ejércitos reales temblaban ante sus sola mención; no tardé en darme cuenta que esta era la misma horda demoniaca que había atacado mi aldea tiempo atrás. Me inundaron aquellos recuerdo que había sepultado en lo más hondo de mi mente por un momento me sentí tan vulnerable oyendo los gritos de todos los que en algún momento formaron parte de mi vida y como eran extinguidos rápidamente.
Regresando al campamento me invadió una ira que no sentía desde hace mucho y sin dudarlo ni un segundo ofrecí mi espada a mis nuevos amigos y les aconseje que para poder derrotar a un enemigo tan poderoso ellos solos, así que sugerí separarnos y reunirnos en ese mismo punto un año más tarde. Yo partí hacia el este mientras cada uno de ellos se marchó hacia un punto cardinal distinto. Durante este tiempo encontré a muchos valientes que por una razón u otra querían pelear; algunos por fama, otros por riqueza, y otros más por venganza pero cada uno de ellos capaz de pelear de pelear y de ser leales hasta la muerte.
Una noche acampábamos preparándonos para regresar al punto donde quedamos de reunirnos cuando nos topamos con un pequeño grupo de exploradores de la horda. Al vernos intentaron pelear como bestias salvajes, incluso lograron asesinar a algunos valientes con su habilidad pero al final la mayoría sucumbieron ante el filo de mi espada y solo un par de ellos lograron escapar muy malheridos.
Llegamos al punto de encuentro justo el día acordado; fui el último en llegar de los cuatro que salimos de ahí. Nos abrazamos como si no nos hubiéramos visto en una eternidad; lo primero que hicimos fue comparar el número de hombres que reclutamos a nuestra causa. El que fue al norte reclutó 200 hombres cada uno curtido por los hielos eternos y vestido con pieles gruesas que solo podrían ser cortadas por las enormes hachas que portaban; el que se dirigió al sur trajo 150 hombres que aunque no eran muy fuertes se habían sido criados y entrenados para poder atacar desde los arboles siendo capaces de golpear a su enemigo con sus dagas y escapar antes de poder ser detectados; el que se dirigió al oeste consiguió 200 hombres , aquellos hombre no eran tan versados en el combate pero eran capaces de crear armas y máquinas poderosas aparte de idear las trampas y defensas más ingeniosas que cualquiera haya visto. Y por último yo recluté 450 hombres los a los cuales no les faltaba valor y que durante nuestra travesía eduqué bajo los preceptos del código al cual nunca le darían la espalda aún si eso significara su muerte.
Después de relatar nuestras aventuras todos decidieron que yo era el único capaz de dirigirlos a la batalla contra el enemigo y que no había que perder el tiempo ya que mi encuentro con los exploradores captó la atención de la horda y no tardarían en venir por nuestras cabezas. Primero que nada nos atrincheramos en un fuerte abandonado que estaba en las cercanías el cual era el lugar perfecto para pelear; estaba rodado parcialmente de bosque por un lado y por el otro había una planicie de la cual se tenía una vista perfecta cuando se estaba sobre la colina donde se hallaba el fuerte.
Trabajamos arduamente en reparar el fuerte que había sido dañado por el paso del tiempo mientras se hacía un reconocimiento del terreno y se plantaban distintas trampas a lo largo del lugar, no tomó más de un par de semanas gracias a que todos pusimos de nuestra parte para acabar a tiempo ya que apenas terminamos los preparativos nos enteramos que la horda no estaba a más de un día de distancia y que en cualquier momento atacarían.
Terminé de ponerme mi armadura y mientras me dirigía hacia fuera sentí el suelo sacudirse, un vigía me grito que la horda se acercaba como una ola negra de la que emanaba muerte por donde pasaba superándonos cuatro a uno. Rápidamente nos formamos y apenas la horda estuvo a suficiente distancia disparamos nuestros cañones y flechas dejando caer una lluvia mortal sobre aquellos seres salidos del infierno.
Salimos del fuerte apenas se abrieron las puertas y cuando las oímos cerrarse supimos que las únicas cosas que nos esperaban eran la victoria y la muerte. Cabalgamos hacía el enemigo cortando todo nuestro paso; muchos de mis amigos cayeron antes las flechas y las lanzas de la horda pero continuemos peleando sin mostrar siquiera un atisbo de temor lo cual tuvo como resultado que a pesar de ser muchos menos que ellos por cada uno de nosotros que caía 6 de ellos encontraban su fin.
La batalla duró varias horas las cuales se hicieron eternas, cuando ya las tropas de ambos bandos habían sido decimadas apareció el líder de la horda; vestía todo de negro, usaba como tocado un cráneo con una enorme cornamenta y usaba una máscara que le daba una apariencia de no pertenecer a este mundo. Era tan fuerte que con cada golpe de su mazo hacía volar a cinco hombres mandándolos al otro mundo de forma instantánea.
Me acerqué a toda velocidad hacia donde se encontraba y trate de derribarlo de un solo golpe pero antes de lograrlo cruzó si mirada con la mía; sus ojos brillaban como carbones encendidos emanando una gran ira con un instinto animal más antiguo que el tiempo mismo. Logró desconcentrarme lo suficiente como para poder asestar un golpe a mi caballo y tirarme al suelo.
Rápidamente me puse de pie justo a tiempo para esquivar otro de sus golpes; a pesar de cargar un arma tan pesada la movía con una agilidad sorprendente, me costaba mucho trabajo esquivar sus ataques y cada vez que intentaba detenerlos con mi arma me provocaba un gran daño. Ya estaba muy herido y mis movimientos se hacían más torpes con cada golpe que recibía se volvía más difícil moverse. Uno de estos golpes logró romper mi espada dejándome con menos de la mitad de la hoja cuarteada; en ese momento me percate que tenía que poder golpearlo pronto o moriría ahí mismo.
Con mis últimas fuerzas logré clavar lo que quedaba de mi espada en su cuello haciendo que cayera rendido mientras el suelo era bañado por su sangre; por fin sentí que había perdido una gran carga mi espíritu se sentía ligero después de lograr vencer a tan temible enemigo, aunque aquella felicidad no duraría mucho tiempo. Uno de los pocos enemigos que quedaban logro atravesarme con una flecha la espalda, el agresor no tardó en caer ante la hoja de uno de mis hombres pero con ese último acto selló mi destino. El resto de las tropas enemigas que ya no eran muchas iban cayendo o huyendo mientras eran perseguidas por aquellos valientes a los que intentaron destruir. En cuanto a mi caminé con las pocas fuerzas que me quedaban hacía la colina y desde ahí observe al sol ponerse con una melodía solemne pero victoriosa la cual invitaba a todos los guerreros a enfrentar su más grande batalla.
Programa 22 febrero 2012
Hace 7 horas


6 Gentes dicen algo:
Me parece increíble como en algunas culturas, sobre todo en la japonesa, estos actos se consideraban heroicos. Un guerrero samurai peleaba hasta la muerte o hasta la victoria; hasta iban, por decirlo de alguna forma, "presentables" a la batalla, para morir con todo el honor posible.
A mi me parece una brutalidad estas cuestiones del honor. Pero sólo es mi opinión, eh, sé que muchos no la compartirán, sobre todo los japoneses.
Saludos.
En realidad no era basado en lo japonés me basé un poco más en las culturas germanicas mezclandolo con un poco de caballería y una pizca de los espatanos.
Buena historia Kyle!
Gracias linda, te quiero!
Soy tan ignorante de estos temas que fácilmente confundo las cosas. Pero bueno, es parte de la condición humana en general... no se limita a los japoneses o a los romanos.
Creo que practicamente toda las civilizaciones antiguas tenian algo asi e incluso uno que otra más modenras aunque claro cada una lo llevaba a distinto nivel
Publicar un comentario