Habían pasado ya dos semanas que inicié mi búsqueda de guerreros para pelear contra la horda, había visitado varias aldeas pero en ninguna hallé a ningún valiente que les quisiera hacer frente. Me preguntaba cómo es que permitían que alguien tomara el fruto de su trabajo y lo más valioso de todo, sus vidas, sin intentar siquiera defenderse. El viaje era duro, dormía poco y por lo general lo hacía al aire libre; comía lo que podía cazar, y siempre estaba alerta en busca de cualquier peligro. Tenía un largo tiempo sin poder asearme, mi cabello estaba más largo de lo habitual y mis ropas estaban algo sucias; Mi capa negra servía de colchón en el suelo y mi túnica azul de abrigo y para defenderme de cualquier peligro llevaba mi fiel espada, un arco con flechas y una daga bien afilada.
Los mercaderes a lo largo del camino me indicaron que siguiendo el camino que tomé llegaría a un pueblo de buen tamaño. Seguro ahí podría encontrar algunos guerreros y si tenía suerte podría hallar a un herrero que reparara mi armadura. Llegué al pueblo sin muchos problemas, era más grande que las aldeas por las que había pasado pero aun así no era la gran cosa. Encontré al herrero en la calle principal y me pidió que pasara al día siguiente por ella. No caminé mucho para llegar a la cantina en busca de hombres, era un lugar bastante animado pero entre todos los hombres que había ahí a ninguno le interesaba unírseme, lo único que les interesaba era emborracharse y conseguir lo que pudieran para vivir.
Decepcionado salí de ahí para buscar un lugar donde pasar la noche, no tenía dinero ya que todo lo que tenía se lo di al herrero, Decidí pasar la noche en las afueras y regresar al día siguiente por mi armadura. Me dirigía a la salida del pueblo cuando escuche un grito de auxilio y corrí hacia la fuente. Estaba en un callejón algo oscuro y en el fondo había varias figuras; eran un grupo de hombres, cuatro en total, y en medio de ellos estaba llorando una joven con el vestido desgarrado mientras los tipos que la rodeaban le decían de cosas e intentaban tocarla.
-¡Alto ahí! Grité. – ¡Dejen a esa joven en paz!
Los hombres voltearon sorprendidos y la joven me observó un poco esperanzada.
-¿Y que si no nos queremos ir? Dijo burlonamente uno de los hombres.
-Entonces no tendré otra opción más que obligarlos a irse. Dije desenvainando mi espada.
Dos de los hombres se lanzaron en mi dirección tomando unos garrotes pero no eran más que simples matones, sus movimientos eran torpes y no podían coordinarse. Los corté sin problemas con mi espada y cayeron muertos. Al ver esto los otros hombres huyeron despavoridos dejando a la joven de rodillas llorando.
-¿Se encuentra bien? Pregunté quitándome la capa poniéndosela encima para cubrirla.
-Estoy bien… Tomaba un atajo a mi casa cuando esos hombres me tomaron por la fuera e intentaron aprovecharse de mí, pero gracias a usted no me hicieron nada. Dijo ella limpiándose las lágrimas delos ojos.
-No se preocupe, es parte de mi código ayudar a quien lo necesite. Contesté ofreciéndole mi mano para ayudarla a levantarse.
-Muchas gracias. Dijo toando mi mano y poniéndose de pie. –Si no es inconveniente me gustaría conocer el nombre de mi salvador.
-Mi nombre es Eradan, seguidor del antiguo condigo guerrero y su humilde servidor.
-Muchas gracias mi señor. Mi nombre es Déorhild y le estoy muy agradecida.
Diciendo esto hizo una reverencia y se agachó a recoger la canasta con las compras que había hecho, el contenido estaba regado por el suelo gracias a aquellos hombre pero le ayude a recoger todo.
-Permítame escoltarla a su hogar. Temo que pudiera haber más peligros cerca y no me gustaría dejarla en estas circunstancias.
-Estoy muy agradecida y será un placer que me acompañe.
La tomé de la mano y salimos de aquel lugar para salir del pueblo hasta llegar a una pequeña casa en las afueras. Era una choza algo grande, calculaba que ahí vivirían al menos unas cuatro personas; a pesar de su apariencia humilde la casa estaba muy bien cuidada; a un lado había había un pequeño huerto y un gallinero donde según me había contado en el amino usaba para vender en el pueblo y tener algo para comer.
-De verdad le agradezco todo lo que ha hecho por mí. Si usted lo desea puede pasar la noche aquí, tengo una habitación extra que nadie usa y así le puedo pagar lo que hizo por mí. Dijo ella abriendo la puerta y agachando la cabeza tímidamente.
-Será un placer, tengo mucho tiempo sin dormir en interiores. Solo espero no estar abusando de su hospitalidad.
-Para nada mi señor. Será un honor tenerlo como huésped.
Entramos a la casa y me ofreció asiento en su cocina, era un lugar acogedor y cálido nunca había estado en un hogar tan agradable; todas las cosas que tenía estaban ordenadas perfectamente y los muebles al igual que las paredes eran de un color claro haciendo que se viera iluminado aun cuando solo estaba iluminado por algunas velas.
-Por favor esperé aquí iré a cambiarme para poder regresarle su casa y luego le prepararé algo de cenar. Es lo menos que podría hacer por mi salvador.
Espere pacientemente en lo que ella fue a su habitación no tardó mucho tiempo en salir dejándome anonadado. Su cabello color ébano caía por encima de sus hombros, su sonrisa era tierna y de color carmín y el vestido que llevaba ahora la hacía lucir como un ángel de los que hablaban las leyendas. No podía quitarle los ojos de encima; ella lo notó y se ruborizó. Ella fue a prepararle algo de cenar sirviéndole un delicioso plato de carne con verduras que devoré casi inmediatamente.
-No sabe cuánto le agradezco su hospitalidad, tiene mucho tiempo que no como así.
-Usted me salvó, no hay necesidad que me agradezca.
-Que amable es usted; seguro que su marido es muy feliz.
-No tengo marido… vivo sola. Dijo con mostrando cierta tristeza en su rostro.
-Si no es indiscreción. ¿A qué se debe eso? Me cuesta creer que una doncella tan hermosa no haya tenido ningún pretendiente.
-Había alguien que amaba… Pero un día la horada atacó la aldea y el murió protegiéndome.
-Lo siento… Ellos también se llevaron a mi familia. Solo logré porque fui un cobarde y huí. Dije recordando las imágenes de aquél día fatídico.
-Yo me siento igual no lo debí haber dejado morir. Lo único que me ha mantenido con la voluntad de seguir es oír que un día esos salvajes reciban su merecido.
-Yo decidí volverme más fuerte para evitar que a otros le pasara lo mismo que a mí. Muchas personas me han ayudado y tengo que pagarles todo lo que hicieron mí. Lamento que no hubiera podido salvar a su amado, el mundo es un lugar peor por su perdida.
-No se preocupe sé que usted lo puede lograr; aparte nada de lo que pasó fue su culpa, fue de la horda. Pero no importa ya el baño debe estar listo así que puede ir a relajarse un tiempo en lo que yo lavo sus ropas. Mientras tanto puede usar esto.
Ella me entregó una túnica negra y me dirigí a la sala de aseo. Era un lugar muy cálido debido a que la tina que usaba era alentada por leña. Me desvestí dejando mi ropa fuera del cuarto y pude oír como ella se acercaba para llevárselas apenas cerré de nuevo. Me metí en la tina y comencé a lavarme pensando que nunca había tomado un baño tan delicioso, incluso me quede un rato dentro del agua descansando un rato, pero al recordar la promesa que había hecho me di cuenta de que no tenía tiempo para perder; apenas tuviera mi armadura de vuelta continuaría mi viaje. Terminé de asearme y me puse la túnica que me había prestado, estaba muy bien hecha y me quedaba perfectamente; supuse que había sido de su amado. Al salir me la encontré parada enfrente de mí, estaba llorando de nuevo, apenas me vio me abrazo con fuerza.
-Por favor quédese conmigo… no quiero estar sola de nuevo. Me dijo entre sollozos.
-Olvide lo que pasará después, esta noche me quedaré a su lado.
Nos abrazamos con fuerza; nunca me había sentido así. Sabía que no podía quedarme, pero tampoco quería dejarla. Mi corazón se aceleró como nunca lo había hecho y sin pensarlo besé sus labios tiernamente. Sentí una calidez indescriptible como si hubiera tenido una revelación, pero sin saber exactamente que era. Ella me tomó y sin resistirme ni saber cómo responder, me llevó a su habitación donde pasamos la noche juntos.
Al día siguiente amanecí a su lado ella seguía descansando; tenía una sonrisa dulce en su rostro y se abrazaba de mí como si no quisiera dejarme. Parte de mí quería quedarse a su lado, pero sabía que nadie tendría una vida feliz mientras la horda siguiera asolando estas tierras. Ella se levantó y mirándome me dijo que prepararía el desayuno y que mi ropa ya debía de estar seca por lo que la podía tomar cuando quisiera. Me levanté de la cama, me vestí y me apresuré en ir a la cocina; había preparados unos huevos con algo de jamón que sabían bastante bien. Mientras tomaba el desayuno ella me dijo algo que no esperaba.
-Sé que no puedes quedarte… pero no me quiero separar de tu lado. ¡Te suplico que me lleves contigo!
Yo me quede tan sorprendido que tarde en poder pasar mi bocado.
-Pero no sería apropiado. El mundo es un lugar peligroso para una señorita como tú.
-No me importa. Aprenderé a pelear; quiero estar contigo sin importar lo que sea necesario.
Noté la decisión en su semblante; sabía que hablaba en serio y que no había nada que pudiera decir al respecto para cambiar su opinión.
-Está bien. Pero tienes que prometerme que harás lo que yo te diga siempre. No quiero que corras riesgo innecesarios.
Su rostro se iluminó y asintió contenta. Apenas terminamos de desayunar hicimos los planes para nuestra salida. Lo primero que hice fue regalarme mi daga y después de pasar a la granja vecina donde el dueño le pagó una suma bastante generosa por su granja nos dirigimos hacia el pueblo. Una vez ahí hablamos con el herrero que había terminado de arreglar mi armadura, incluso la había mejorado, era más fuerte y más ligera que antes; compramos una espada para ella y después de pasar a comprar provisiones salimos del pueblo,
Habían pasado ya varias semanas desde aquel día y habíamos viajado juntos todo ese tiempo. Comencé a entrenarla en el uso de las armas, ella tenía problemas al principio pero dominó las técnicas con facilidad con excepción de la espada, era muy pesada para ella aún. Aprendió a cazar también y en las noches hablábamos de cómo habían sido nuestras vidas antes de conocernos y le contaba acerca del código. Aunque seguía siendo igual de bella ya no era la flor delicada que conocí, había cambiado su vestido por un traje de cuero más corto, decía que le daba más libertad de movimiento; había hallado su fuerza interior y se había convertido en una rosa hermosa pero peligrosa; por eso en uno de los pueblos le compré una capa roja que combinaba con su atuendo.
Un día estábamos descansando cerca de una laguna, justo habíamos terminado un entrenamiento bastante duro y yo descansaba bajo la sombra de un árbol mientras ella tomaba un baño en las aguas prístinas que se encontraban cerca de nosotros. De pronto sentí un golpe en mi cabeza que me atontó por unos momentos. Perdí el sentido pero eso bastó para que mi atacante me atara de manos y pies. Apenas recuperé el sentido intenté cortar mis ataduras usando mi espada, los nudos estaban apretados y me estaba costando mucho trabajo alcanzarla. Mientras tanto mi atacante se dirigió a la laguna; ella apenas había salido del agua y se encontraba en ropa interior secándose. De pronto el atacante salió desde las sombras intentando atacarla pero ella lo esquivó con facilidad, pero el miedo la invadió cuando vio que su atacante era uno de los que la habían atacado aquella noche que había cambiado su vida.
-Te he buscado por mucho tiempo, por tu culpa mi hermano murió. Me encargaré de tu amigo en un rato pero ahora eres mía. Dijo el sujeto.
-Jamás me podrás tocar de nuevo; antes era débil pero ahora soy más fuerte. Dijo ella dándose valor con aquellas palabras.
El hombre se abalanzó contra ella sacando un cuchillo de carnicero; esquivando el golpe ella corrió por su arma a las rocas cercanas donde había dejado sus cosas. Él la seguía de cerca intentando golpearla salvajemente, era como una bestia en estampida. Ella esquivaba sus ataques con relativa facilidad hasta que él la tiró al suelo. La tenía a su merced, su rostro enfurecido mostraba una sed de sangre impresionante lo cual había hecho que perdiera la concentración. Ella usó este error a su favor clavándole el cuchillo en el corazón.
Cuando pude desatarme corrí a la laguna lo más rápido que pude con mi espada en la mano. Cuando llegué a ese lugar me encontré al sujeto muerto encima de ella con el cuchillo en el corazón mientras ella lo sostenía con fuerza. Ella volteó a verme y pateando el cadáver se puso de pie y me abrazó con fuerza, sin llorar, sin decir ni una palabra. Había matado por primera vez, se había convertido en una guerrera.
Paso un rato así hasta que me soltó y aun manchada de sangre se vistió de nuevo. Apenas terminó vino hacia mí y me dijo:
-Enséñame a usar la espada. Estoy lista. Dijo ella con determinación en sus ojos.
-Está bien, te enseñaré. Pero recuerda que será duro, si aun así quieres hacerlo iré a preparar el campamento ya que pasaremos varios días aquí.
Ella asintió y fue a limpiarse la sangre del rostro mientras yo preparaba un refugio en una cueva cercana que nos serviría para los días siguientes. Apenas terminé de hacer eso iniciamos el entrenamiento. Lo primero que hice fue revisar que tan fuerte se había vuelto para sostener la espada, esto no fue ningún problema ya que ahora la podía levantar con facilidad. Después le pedí que intentara atacarme y así lo hizo: a sus movimientos les faltaba fluidez todavía y todavía era algo lenta pero sus golpes contenían una fuerza devastadora. Cuando le avise que entrenaríamos la defensa se emocionó, le advertí que sería difícil y que no me contendría pero ni le importó. Me lancé atacándola con toda mi fuerza, apenas podía desviar mis golpes pero se las arreglaba aun retrocediendo. Poe todo el bosque se podía el choque de nuestras espadas, sé que tuvo muchas oportunidades de contraatacar pero nunca lo hizo, solo se defendía del filo de mi espada. Todo iba bien pero ella se resbaló por accidente y esto provocó que no pudiera desviar mi golpe hiriéndola en el brazo.
-¡Maldito! Te… Te… ¡Te odio! Dijo sollozando y salió corriendo sosteniéndose la herida.
Quedé estupefacto; su sangre había manchado el filo de mi espada y me sentía como la peor basura del mundo. Lo más rápido que pude tomé unas vendas y corrí siguiendo el camino que había tomado. Estaba de nuevo en la laguna, el único recuerdo que había quedado de lo que había pasado antes era solo una mancha de sangre en la hierba. Ella lloraba sentada en la orilla limpiándose la herida con el agua que se teñía de rojo. Me acerqué y comencé a tratar su herida.
-Lo siento, no es cierto lo que dije, solo fue el dolor el que me hizo decir semejante cosa,
-Lo sé. Aun así fue mi culpa no poder detener el ataque a tiempo.
-No te culpes. Me volveré más fuerte para que no vuelva a pasar. Dijo sonriendo.
Ese día no regresamos a entrenar, pero al día siguiente estaba lista para continuar y así lo hicimos por varios días. No le tomó mucho tiempo dominar la espada esa vez. En un par de semanas ya era toda una experta y tenía la seguridad de que no habría rival para ella.
Salimos del bosque y llegamos a una pequeña aldea, no estaba muy poblada pero tenía una pequeña posada y había varias cosas para comprar. Entramos a la posada y había varios mercaderes. Un par de ellos decían que la horda se encontraba cerca. Yo no le di mucha importancia ya que sabía cuál era mi misión primero, pero ella e lleno de furia, quería vengar a quien había amado hacía tanto tiempo atrás.
-Esta es nuestra oportunidad; podemos derrotarlos aquí y ahora.
-Espera. Debemos actuar con cautela, sino nos pueden derrotar.
-No me importa. Quiero matarlos a todos y cada uno de ellos. Dijo con un odio que nunca pensé podría provenir de ella.
-Te prometo que investigaremos más tarde pero ahora hay que reposar.
Ya no dijo más pero en su rostro pude ver que no estaba conforme así que decidí dejarla a solas un rato para que aclarara sus pensamientos. Tomé algunas de las pieles que llevaba para vender y salí al mercado. Ahí vi el collar más brillante que haya visto, era plateado y tenía una piedra roja en el centro. Se lo compré como regalo gastándome casi todo lo que había conseguido de las pieles y regresé a la posada. Al regresar no la encontré por ningún lado; pregunté a los demás clientes del lugar y me dijeron que había salido no mucho después de que me fui después de preguntar sobre los rumores del campamento. Supe inmediatamente lo que iba a hacer y tenía que detenerla. Les pregunté a los mercaderes que le habían dicho y salí siguiendo sus indicaciones.
Pedí un caballo prestado en el pueblo y cabalgué a toda velocidad, me llevaba unas horas de ventaja pero intentaría alcanzarla a como diera lugar. Me encontraba cabalgando en un cañón angosto lleno de rocas afiladas que me llevó a un pequeño valle estéril. Ahí pude observar el campamento de la horda, era pequeño así que pensé que era solo un grupo de reconocimiento por lo que me relajé un poco, aunque eso no duró demasiado tiempo al notar la conmoción que había en el campamento. Ella se encontraba rodeada por varias figuras sombrías, se defendía como podía derrotando a algunos de ellos, pero eran más los golpes que recibía. Me aproximé a toda velocidad hacia donde se encontraban. El círculo se hacía más pequeño dejándole con menos espacio para evadir los ataques, uno de sus atacantes estaba a punto de golpearla por la espalda pero lo detuve justo a tiempo arrollándolo con mi caballo. Salté de él y me uní a la batalla cubriendo su espalda.
-¿Qué haces aquí? Yo los voy a derrotar a todos.
-¡No seas tonta! ¡No ves que estuviste a punto de morir!
-Yo los derrotaré me vengaré por lo que me han quitado.
-No tenemos otra opción. Habrá que seguir peleando hasta que ellos no puedan más… O terminen con nuestra vida.
-Eso dice el código ¿no es así? Dijo sonriendo.
-No. Lo digo yo. Ahora terminemos con esto.
Los soldados de la horda venían hacía nosotros como en estampida, eran terribles, bestiales en todos los aspectos. Era mi primer encuentro con ellos desde mi infancia y aun se parecían a los seres monstruosos de mis pesadillas; tenía un poco de miedo pero sabía que no podía fallar tenía que hacerlo no por mí, sino por ella, su venganza e había vuelto mi venganza. Los enemigos venían sin cesar pero caían casi con la misma velocidad frente al filo de nuestras espadas. Ella cuidaba mi espalda y yo la de ella, era la primera vez que peleábamos juntos y lo hacíamos como uno solo; no necesitábamos palabras para ponernos de acuerdo, nuestros movimientos eran exactos, precisos y mortales. Los miembros de la horda cayeron por decenas durante un tiempo que fue fugaz y a la vez eterno.
Cuando ya habíamos derrotado a todos una gran pila de cuerpos yacía ante nuestros pies. Entonces observé de una de las tiendas había salido un miembro más, al parecer era el líder de este grupo, iba vestido igual que los demás pero llevaba una armadura cubierta de piel y era más grande que los demás. Le dije a Déorhild que esperara, que teníamos que hallar un punto débil, pero no me hizo caso. Se abalanzó contra él pero ni siquiera lo tocó. El líder solo agitó su espada y la hizo volar hacía un lado donde cayó herida. Al ver esto me invadió la furia, lancé un grito y me lancé hacia él sin pensarlo. Era muy hábil no lograba golpearlo y mucho menos hallar un hueco en su defensa. Él me hirió ligeramente en las extremidades pero eso no hizo que mis fuerzas menguaran, no lo podía perdonar por lo que había hecho. Ataqué poniendo toda mi fuerza en un golpe pero fue inútil. El respondió con un golpe que hirió mi cuerpo y mi rostro cegándome temporalmente y dejándome una cicatriz en el ojo que nunca desaparecería.
Estaba derrotado, sabía que no podría ganarle y que había fallado en mi misión, en protegerla. El líder estaba a punto de clavarme su espada en el corazón cuando vi a un lado de mí con el ojo que aún me servía una lanza. La tomé y sin darle tiempo para atacar se la clavé en el cuello terminando con él.
Con las fuerzas que me quedaban me levanté y caminé cojeando hasta donde se encontraba Déorhild y la sostuve entre mis brazos.
-Lo logramos, Los vencimos. Dije sonriendo agotado,
-Lo sé. Me alegra que todo terminara así.
-Aún no ha terminado, nos falta derrotar al resto de la horda.
-Para mí sí ha terminado… no lo voy a lograr. Dijo tosiendo sangre.
-Claro que no. Te llevaré al pueblo ahí te curarán y podrás pelear de nuevo a mi lado.
-No… Mi tiempo ha llegado. Estoy feliz de haber podido luchar a tu lado.
-No me puedes dejar. No podré completar mi misión sin ti.
-Lo puede hacer, siempre has tenido la fuerza. Solo compartiste un poco conmigo y te lo agradezco… Aparte me diste algo que nunca más pensé volver a tener… La felicidad.
-No te pude proteger, no soy lo suficientemente fuerte.
-Lo eres, solo no te has dado cuenta. Y sé que lo serás más a partir de ahora.
-Te prometo que lo seré y que protegeré a todos para que no haya más sufrimiento. Dije sacando de mi bolsillo el collar que le iba a dar.
-¡Oh! Es hermoso. ¿Me lo podrías poner por favor?
Le puse el collar alrededor de su cuello, lucía hermoso pero palidecía ante su belleza que era más frágil que nunca.
-Me alegra que me lo regalaras, así siempre tendré algo tuyo.
-Siempre lo has tenido, lo sabes muy bien.
Ella sonrió y cerrando los ojos susurró:
-Siempre estaré contigo, jamás lo olvides.
Después de decir esto cayó en un sueño del cual no despertaría. Me sentí devastado, había perdido a la persona que más había querido. La recosté con suavidad y comencé a cavar una tumba en el centro del campamento. La deposité con cuidado junto con su espada y la cubrí con tierra; apenas terminé tomé una roca y haciendo una lápida improvisada la puse sobre su tumba junto con su daga, vacié un poco de aguamiel sobre la tumba y me retiré de ahí con la promesa de volver cuando cumpliera mi misión.
Regresé a la aldea a recuperarme, ahí pasé varios días cuidando mis heridas para poder continuar mi viaje; había recuperado parcialmente la visión de mi ojo izquierdo aunque el dolor de mis heridas me atormentaba todo el tiempo, en espacial una que nunca sanaría. Pasé los días en la posada gastando el poco dinero que me quedaba hasta que un día llegaron unos hombres, venían armados y sus armaduras de veían gastadas pero se notaba que traían algo importante que decir.
-¿Usted es Eradan El protector? Preguntó el más grande de ellos.
-Mi nombre es Eradan, pero no creo ser merecedor de ser llamado “El protector”.
-Claro que lo es mi señor. Gracias a que derrotó a la fuerza expedicionaria de la horda salvó a todas las aldeas cercanas y ahora queremos unirnos a usted. No seremos guerreros pero su demostración de valor nos hizo abandonar a nuestras familias y trabajo para ir en su búsqueda estar bajo su comando. Somos 100 hombres con un gran espíritu y ganas de proteger a los que amamos.
Finalmente entendí lo que Déorhild había querido decir. Recordé el código y poniéndome de pie les dije a los hombres:
-¡Amigos míos! Han viajado desde muy lejos buscándome y me han hallado. Necesito a hombres como ustedes para derrotar a la horda. No será una tarea fácil y muy posiblemente muchos de nosotros no regresemos con vida, pero aceptaré su ayuda agradecido y prometo no defraudarlos si me ayudan a cumplir mi misión, nuestra misión.
Ellos se alegraron; por primera vez en varios días mis heridas no me dolían. Salimos de la posada y me dijeron que el resto de los hombres esperaban fuera de la aldea. Miré al cielo y vi a Déorhild sonriéndome. Acomodé la espada en mi cinturón y me dirigí con mis nuevos compañeros a continuar mi búsqueda.
El colapso Maya lo causó modesta sequía
Hace 2 horas


0 Gentes dicen algo:
Publicar un comentario