La lluvia caía sin detenerse, era el único sonido
que ahogaba los gritos y el choque de metal aquella noche. Un grupo de reconocimiento de la horda que
buscaba a sus compañeros que no habían regresado se encontró con mis nuevos
compañeros de batalla. La mayoría
carecía de entrenamiento formal pero lo compensaban con su valor. La batalla había empezado durante las últimas
horas del día. Todos se encontraban
fatigados, muchos ya habían caído de ambos bandos pero nadie iba a ceder hasta agotar su último aliento.
Me abría paso
venciendo al enemigo, todo el mundo creía en mí… excepto yo. Mi objetivo, conseguir hombres al fin había
rendido frutos, sin embargo había perdido a mi querida Déorhild; no hacía mucho
que la había perdido, ella había sido mi felicidad durante los últimos meses y
durante aquella batalla fuimos uno solo.
Había pasado semanas sin hacer nada que no fuera recordar su mirada al
momento de ser herida o sus últimas palabras antes de morir; solamente podía
tomar para intentar olvidar esa mirada que me acechaba, que representa mi
debilidad. Me gasté casi todo el oro que
poseía en aquella posada, no quería ir a ningún lado, no existía un lugar en
este mundo al que quisiera ir.
Pensaba que había
mi final cuando llegaron los que ahora son mis hombres y me dieron una pequeña
esperanza, sin embargo temo mi propia debilidad los lleve a su fin del mismo
que le pasó a Déorhild por seguirme. No
puedo tener las vidas de tantos en mis manos; lo único que puedo intentar es
eliminar a todos los que pueda aunque me cueste la vida, ellos todavía tienen
una familia que los espera y tengo que asegurarme que regresen.
La lluvia nublaba
mi visión y el fango hacía que moverse fuera muy difícil. Entre los guerreros que blandían sus espadas
pude avistar al capitán del grupo. Era
muy parecido al jefe del grupo que había vencido anteriormente, vestía la misma
armadura de cuero negro que usaban todos los capitanes. Esto hizo que mi sangre hirviera de furia y
me abalancé contra él. Para mí era como
si se repitiera la batalla anterior, esta vez lo iba a vencer antes de que
fuera demasiado tarde.
Corrí hacia el
capitán con todas mis fuerzas, varios soldados intentaron detenerme pero fue
inútil. El primero de ellos blandió su
espada contra mí, fue la última vez que pudo utilizar sus dedos; el segundo que
lo intentó se paró bloqueando mi camino.
Sus intestinos cayeron al suelo después de romper su guardia con tan
solo un tajo de mi espada; el último soldado que se encontraba entre el capitán
y yo demostraba un poco más de experiencia en su postura, sin embargo el único
tiempo que ganó fuel en el que me tuve que detener para sacar mi espada de su
cuello.
El capitán estaba
a punto de golpear por la espalda a uno de mis hombres cuando mi espada detuvo
la suya. Le grité al hombre “¡Huye de
aquí! Y mantente alerta de lo que te rodea”.
El hombre hizo tal como le dije mientras yo me enfrentaba al capitán que
solo gruñía de rabia. Intenté terminar
la pelea rápido pero él lograba defenderse de mis ataques, al parecer era cierto
el rumor de que para subir de puesto dentro de la horda tenías que matar a tus
superiores.
Nuestras espadas
chocaban con fuerza, sabía que le podía ganar pero no podía sacar la fuerza
necesaria para lograrlo. Cada ataque
suyo era una burla a mi debilidad, cada paso que me hacía retroceder una
muestra de la falta de mi impotencia.
Intenté atacarlo pero se defendió del golpe y rompió mi espada en el
proceso.
Pude observar
como yacía en el lodo la hoja de mi espada, aquel regalo que me habían hecho los
mercaderes que me salvaron había sido destrozado. En ese momento supe que ya no tenía nada que
perder y me lancé contra mi atacante para embestirlo con toda la fuerza que me
quedaba. El capitán confiado de que me
había vencido había bajado su guardia lo que me permitió tirarlo mientras
clavaba lo que había quedado de mi espada en su cuello. Sin embargo estábamos tan cerca del final de
la colina que ambos caímos por la empinada pendiente.
Su cuerpo me
amortiguó la caída pero había quedado sin forma de regresar a la batalla. Escalar la colina era imposible, y rodear la
colina en la oscuridad me tomaría varias horas y estaba muy agotado para
continuar. Camine por el bosque cercano
después de buscar alguna cosa de utilidad en el cadáver del capitán. No había encontrado nada y tuve que dejar los
restos de mi espada con el cadáver, seguir cargándolos solo me hubiera
retrasado, sin importar que me doliera tener que abandonar algo importante…
otra vez.
Caminé por un
largo rato por el bosque; el frio se sentía como cuchillos en mi piel y mis
heridas no dejaban de doler; la sangre
de mi cicatriz manchaba mi rostro y cada paso se hacía más pesado que el
anterior. Sólo podía pensar en cómo
había fallado en mi promesa, que no logaría llegar a sobrevivir aquella noche.
Después de tanto
caminar por fin llegué a un lago. Estaba
oscuro pero se podía oír una cascada cerca, comprobé que de hecho estaba
enfrente de mi cuando los rayos la iluminaron por unos segundos. En aquel momento vi algo que no podía creer,
ahí estaba ella, seguía tan hermosa como la recordaba, su cabello húmedo
descansaba sobre sus hombros mientras ella se bañaba como aquella vez. Corrí hacia donde estaba ella con las fuerzas
que me quedaban, respirar me dolía y el cansancio a no me permitía moverme, sin
embargo seguí corriendo. Por desgracia
mi cuerpo se dio cuenta de la realidad, mis piernas me traicionaron y me
tropecé. Volví a mirar el lago, pero ya
no había nadie, sólo era una ilusión.
Afortunadamente
la cueva detrás de la cascada que hallé no era una ilusión. Ahí pude encender una fogata y poner a secar
mi ropa, me sentía tan vulnerable en esos momentos sin mi armadura pero tuve
que quitármela para curar mis heridas.
Cerré las que pude y vendé el resto, había perdido mucha sangre y aunque
lograría sobrevivir no había podido cerrar la herida más grande de todas.
Sentado frente a
la fogata, comí un poco de pan viejo que traía conmigo, era lo único que
conservaba de alimento. Habiendo comido miré las sombras que bailaban en el
techo, era casi hipnótico, como una batalla entre las sombras y la luz. El cansancio ya no me permitió más, cerré los
ojos, y caí dormido.
“¿Qué hago
aquí?” Me pregunté mientras miraba a mí
alrededor. Ya no estaba en una cueva,
una pradera verde se extendía hasta donde podía ver. Me recordó el lugar donde crecí, incluso
vestía la misma túnica verde que cuando era niño.
-¿Te gusta este
lugar?- Dijo una voz conocida.
-Me trae
recuerdos, aunque creo que olvidé que existía este lugar.-
Volteé a dónde provenía la voz y me quede quedé sorprendido… ahí estaba
Déorhild.
-¿Acaso morí? ¿Podremos estar juntos?-
-No. Aún no es tu hora; todavía
tienes que cumplir tu misión.-
-¡Pero como lo voy a lograr! No soy
capaz de salvar a nadie; le fallé a mis hombres… te fallé a ti.-
-Eradan, eres fuerte. Lo que me pasó
nadie pudo evitarlo. Era mi hora de
morir, y aunque no fuera así, prefiero haber muerto a tu lado que vivir mil
años sin haberte conocido.-
-¿Cómo sabré que hacer? No quiero
que nadie más caiga por mi causa.-
-No lo podrás evitar; muchos morirán, pero salvaran a más de los que puedes
imaginar. Serás un gran líder que
llevará a sus hombres a la victoria. Con
el tiempo aprenderás todas las lecciones que necesites, sólo confía en ti.-
Quise decir tantas cosas, había tanto que contar, tanto que preguntar, sin
embargo solo pude asentir antes de despertar.
Estaba de nuevo en la cueva; el fuego se había apagado y el sol enraba
por la entrada. Mis heridas ya no dolían
y ya no sangraba por ningún lado. Era
como si alguien me hubiera curado durante mi sueño.
Me puse mi armadura y salí de ahí.
El peso que sentía la noche anterior había desaparecido, no comprendía
las palabras de Déorhild pero sabía que debía seguir adelante. Necesitaba reunirme con mis hombre, no sabía
dónde estaban o si habían sobrevivido, sólo sabía que los tenía que hallar a
como diera lugar. Me adentré en el
bosque sin rumbo alguno; la tormenta había terminado y el lugar era pacífico de
nuevo, los animales lo recorrían de nuevo, se podía respirar la paz.
Caminé un rato meditando sobre mi sueño, sentía que la respuesta estaba
cerca pero se escapaba cada vez que me acercaba a hallarla. En el aire podía sentirse algo en el aire,
como si algo antiguo estuviera cerca, no estaba equivocado, después caminar un
rato me topé con las ruinas de lo que parecía ser una vieja capilla.
Ese lugar había visto mejores días, las paredes estaban prácticamente no
existían, sin embargo se podía sentir que aquel lugar era sagrado. Me acerque a
donde en algún tiempo estuvo la puerta, ahí estaba escrito sobre una de las
columnas: “Aquí reposa el Caballero Fantasma”.
En ese momento recordé la leyenda que me había contado el viejo.
La leyenda dice que hace mucho tiempo existió un caballero que era la
encarnación del código. Su espada era
legendaria también, podía cortar a 100 hombres de un tajo, sin embargo sólo lo
hacía para su verdadero maestro; cualquier otro que lo intentará no la podría
mover. El Caballero Fantasma luchó en
nombre de la justicia hasta el último día de su vida y sólo fue derrotado
gracias a que lo envenenaron antes de pelear.
Él lucho con valentía hasta el final y sus compañeros de armas lo vieron
caer justo después de derrotar al último enemigo y le construyeron un mausoleo
donde él y su espada podrían descansar.
Al recordar su historia entendí finalmente lo que debía hacer. Mi deber era proteger a todo el mundo para
que tuvieran un futuro brillante: no estaba solo en mi misión, pero tampoco
debía depender demasiado de los otros y entender que también querían lo mismo y
estaban dispuestos a pagar cualquier precio por ello.
Entré al mausoleo y en el centro, justo enfrente de la tumba del caballero
yacía su espada clavada en un pedestal.
A pesar de haber pasado años a la intemperie conservaba su brillo
original, el mango mago plateado reflejaba la luz del sol y de su hoja emanaba
un aura metálica. Me acerqué hacia ella
y tomé el mango; era cálido, como si
estuviera viva, se sentía el deseo de justicia que provenía de ella. La levanté lentamente y salió sin dificultad,
era ligera como el aire. Entonces oí una
voz que venía de entre los árboles, el viento parecía traerla de un lugar muy
lejano.
“Caballero, esta espada sólo obedecerá a alguien que siga el código al pie
de la letra, tenga la mente clara en su objetivo y lleve en su corazón el deseo
de ayudar a los que no pueden defenderse.
Te protegerá mientras protejas a los demás; tú serás la espada que
cuidará a quienes estén a tu alrededor y si nunca les fallas ella nunca te
fallará”.
Me sentí feliz por primera vez en mucho tiempo, ahora tenía la seguridad de
poder defender a quien lo necesitara y evitar el mayor sufrimiento
posible. Guardé mi nueva arma y después
de presentar mis respetos a quien me había entregado este gran regalo partí
para encontrarme con mis compañeros.
El resto del camino fue tranquilo, tardé un rato en hallar la salida del
bosque y recobrar mi camino, sin embargo no tardé en hallar a mis hombres. La batalla había sido una victoria para
nosotros y solamente perdimos cuatro
hombres; cuatro hombre que nunca olvidaré y a los que estaré siempre
agradecido. Ahora podíamos continuar
nuestro camino para liberar al mundo del mal que lo asolaba y me aseguraría que
exista el día cuando nadie tenga que vivir lo que he vivido.


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