martes, octubre 11, 2011

La espada


La lluvia caía sin detenerse, era el único sonido que ahogaba los gritos y el choque de metal aquella noche.  Un grupo de reconocimiento de la horda que buscaba a sus compañeros que no habían regresado se encontró con mis nuevos compañeros de batalla.  La mayoría carecía de entrenamiento formal pero lo compensaban con su valor.  La batalla había empezado durante las últimas horas del día.  Todos se encontraban fatigados, muchos ya habían caído de ambos bandos pero nadie iba a ceder  hasta agotar su último aliento.

Me abría paso venciendo al enemigo, todo el mundo creía en mí… excepto yo.  Mi objetivo, conseguir hombres al fin había rendido frutos, sin embargo había perdido a mi querida Déorhild; no hacía mucho que la había perdido, ella había sido mi felicidad durante los últimos meses y durante aquella batalla fuimos uno solo.  Había pasado semanas sin hacer nada que no fuera recordar su mirada al momento de ser herida o sus últimas palabras antes de morir; solamente podía tomar para intentar olvidar esa mirada que me acechaba, que representa mi debilidad.  Me gasté casi todo el oro que poseía en aquella posada, no quería ir a ningún lado, no existía un lugar en este mundo al que quisiera ir.

Pensaba que había mi final cuando llegaron los que ahora son mis hombres y me dieron una pequeña esperanza, sin embargo temo mi propia debilidad los lleve a su fin del mismo que le pasó a Déorhild por seguirme.  No puedo tener las vidas de tantos en mis manos; lo único que puedo intentar es eliminar a todos los que pueda aunque me cueste la vida, ellos todavía tienen una familia que los espera y tengo que asegurarme que regresen.

La lluvia nublaba mi visión y el fango hacía que moverse fuera muy difícil.  Entre los guerreros que blandían sus espadas pude avistar al capitán del grupo.  Era muy parecido al jefe del grupo que había vencido anteriormente, vestía la misma armadura de cuero negro que usaban todos los capitanes.  Esto hizo que mi sangre hirviera de furia y me abalancé contra él.  Para mí era como si se repitiera la batalla anterior, esta vez lo iba a vencer antes de que fuera demasiado tarde.

Corrí hacia el capitán con todas mis fuerzas, varios soldados intentaron detenerme pero fue inútil.  El primero de ellos blandió su espada contra mí, fue la última vez que pudo utilizar sus dedos; el segundo que lo intentó se paró bloqueando mi camino.  Sus intestinos cayeron al suelo después de romper su guardia con tan solo un tajo de mi espada; el último soldado que se encontraba entre el capitán y yo demostraba un poco más de experiencia en su postura, sin embargo el único tiempo que ganó fuel en el que me tuve que detener para sacar mi espada de su cuello.

El capitán estaba a punto de golpear por la espalda a uno de mis hombres cuando mi espada detuvo la suya.  Le grité al hombre “¡Huye de aquí! Y mantente alerta de lo que te rodea”.  El hombre hizo tal como le dije mientras yo me enfrentaba al capitán que solo gruñía de rabia.  Intenté terminar la pelea rápido pero él lograba defenderse de mis ataques, al parecer era cierto el rumor de que para subir de puesto dentro de la horda tenías que matar a tus superiores.

Nuestras espadas chocaban con fuerza, sabía que le podía ganar pero no podía sacar la fuerza necesaria para lograrlo.  Cada ataque suyo era una burla a mi debilidad, cada paso que me hacía retroceder una muestra de la falta de mi impotencia.  Intenté atacarlo pero se defendió del golpe y rompió mi espada en el proceso.

Pude observar como yacía en el lodo la hoja de mi espada, aquel regalo que me habían hecho los mercaderes que me salvaron había sido destrozado.  En ese momento supe que ya no tenía nada que perder y me lancé contra mi atacante para embestirlo con toda la fuerza que me quedaba.  El capitán confiado de que me había vencido había bajado su guardia lo que me permitió tirarlo mientras clavaba lo que había quedado de mi espada en su cuello.  Sin embargo estábamos tan cerca del final de la colina que ambos caímos por la empinada pendiente.

Su cuerpo me amortiguó la caída pero había quedado sin forma de regresar a la batalla.  Escalar la colina era imposible, y rodear la colina en la oscuridad me tomaría varias horas y estaba muy agotado para continuar.  Camine por el bosque cercano después de buscar alguna cosa de utilidad en el cadáver del capitán.  No había encontrado nada y tuve que dejar los restos de mi espada con el cadáver, seguir cargándolos solo me hubiera retrasado, sin importar que me doliera tener que abandonar algo importante… otra vez.

Caminé por un largo rato por el bosque; el frio se sentía como cuchillos en mi piel y mis heridas no dejaban de doler;  la sangre de mi cicatriz manchaba mi rostro y cada paso se hacía más pesado que el anterior.  Sólo podía pensar en cómo había fallado en mi promesa, que no logaría llegar a sobrevivir aquella noche.

Después de tanto caminar por fin llegué a un lago.  Estaba oscuro pero se podía oír una cascada cerca, comprobé que de hecho estaba enfrente de mi cuando los rayos la iluminaron por unos segundos.  En aquel momento vi algo que no podía creer, ahí estaba ella, seguía tan hermosa como la recordaba, su cabello húmedo descansaba sobre sus hombros mientras ella se bañaba como aquella vez.  Corrí hacia donde estaba ella con las fuerzas que me quedaban, respirar me dolía y el cansancio a no me permitía moverme, sin embargo seguí corriendo.  Por desgracia mi cuerpo se dio cuenta de la realidad, mis piernas me traicionaron y me tropecé.  Volví a mirar el lago, pero ya no había nadie, sólo era una ilusión.

Afortunadamente la cueva detrás de la cascada que hallé no era una ilusión.  Ahí pude encender una fogata y poner a secar mi ropa, me sentía tan vulnerable en esos momentos sin mi armadura pero tuve que quitármela para curar mis heridas.  Cerré las que pude y vendé el resto, había perdido mucha sangre y aunque lograría sobrevivir no había podido cerrar la herida más grande de todas.

Sentado frente a la fogata, comí un poco de pan viejo que traía conmigo, era lo único que conservaba de alimento. Habiendo comido miré las sombras que bailaban en el techo, era casi hipnótico, como una batalla entre las sombras y la luz.  El cansancio ya no me permitió más, cerré los ojos, y caí dormido.

“¿Qué hago aquí?”  Me pregunté mientras miraba a mí alrededor.  Ya no estaba en una cueva, una pradera verde se extendía hasta donde podía ver.  Me recordó el lugar donde crecí, incluso vestía la misma túnica verde que cuando era niño.

-¿Te gusta este lugar?-  Dijo una voz conocida.

-Me trae recuerdos, aunque creo que olvidé que existía este lugar.-

Volteé a dónde provenía la voz y me quede quedé sorprendido… ahí estaba Déorhild.

-¿Acaso morí? ¿Podremos estar juntos?-

-No.  Aún no es tu hora; todavía tienes que cumplir tu misión.-

-¡Pero como lo voy a lograr!  No soy capaz de salvar a nadie; le fallé a mis hombres… te fallé a ti.-

-Eradan, eres fuerte.  Lo que me pasó nadie pudo evitarlo.  Era mi hora de morir, y aunque no fuera así, prefiero haber muerto a tu lado que vivir mil años sin haberte conocido.-

-¿Cómo sabré que hacer?  No quiero que nadie más caiga por mi causa.-

-No lo podrás evitar; muchos morirán, pero salvaran a más de los que puedes imaginar.  Serás un gran líder que llevará a sus hombres a la victoria.  Con el tiempo aprenderás todas las lecciones que necesites, sólo confía en ti.-

Quise decir tantas cosas, había tanto que contar, tanto que preguntar, sin embargo solo pude asentir antes de despertar.  Estaba de nuevo en la cueva; el fuego se había apagado y el sol enraba por la entrada.  Mis heridas ya no dolían y ya no sangraba por ningún lado.  Era como si alguien me hubiera curado durante mi sueño.

Me puse mi armadura y salí de ahí.  El peso que sentía la noche anterior había desaparecido, no comprendía las palabras de Déorhild pero sabía que debía seguir adelante.  Necesitaba reunirme con mis hombre, no sabía dónde estaban o si habían sobrevivido, sólo sabía que los tenía que hallar a como diera lugar.  Me adentré en el bosque sin rumbo alguno; la tormenta había terminado y el lugar era pacífico de nuevo, los animales lo recorrían de nuevo, se podía respirar la paz.

Caminé un rato meditando sobre mi sueño, sentía que la respuesta estaba cerca pero se escapaba cada vez que me acercaba a hallarla.  En el aire podía sentirse algo en el aire, como si algo antiguo estuviera cerca, no estaba equivocado, después caminar un rato me topé con las ruinas de lo que parecía ser una vieja capilla.

Ese lugar había visto mejores días, las paredes estaban prácticamente no existían, sin embargo se podía sentir que aquel lugar era sagrado. Me acerque a donde en algún tiempo estuvo la puerta, ahí estaba escrito sobre una de las columnas: “Aquí reposa el Caballero Fantasma”.  En ese momento recordé la leyenda que me había contado el viejo.

La leyenda dice que hace mucho tiempo existió un caballero que era la encarnación del código.  Su espada era legendaria también, podía cortar a 100 hombres de un tajo, sin embargo sólo lo hacía para su verdadero maestro; cualquier otro que lo intentará no la podría mover.  El Caballero Fantasma luchó en nombre de la justicia hasta el último día de su vida y sólo fue derrotado gracias a que lo envenenaron antes de pelear.  Él lucho con valentía hasta el final y sus compañeros de armas lo vieron caer justo después de derrotar al último enemigo y le construyeron un mausoleo donde él y su espada podrían descansar.

Al recordar su historia entendí finalmente lo que debía hacer.  Mi deber era proteger a todo el mundo para que tuvieran un futuro brillante: no estaba solo en mi misión, pero tampoco debía depender demasiado de los otros y entender que también querían lo mismo y estaban dispuestos a pagar cualquier precio por ello.

Entré al mausoleo y en el centro, justo enfrente de la tumba del caballero yacía su espada clavada en un pedestal.  A pesar de haber pasado años a la intemperie conservaba su brillo original, el mango mago plateado reflejaba la luz del sol y de su hoja emanaba un aura metálica.  Me acerqué hacia ella y  tomé el mango; era cálido, como si estuviera viva, se sentía el deseo de justicia que provenía de ella.  La levanté lentamente y salió sin dificultad, era ligera como el aire.  Entonces oí una voz que venía de entre los árboles, el viento parecía traerla de un lugar muy lejano.

“Caballero, esta espada sólo obedecerá a alguien que siga el código al pie de la letra, tenga la mente clara en su objetivo y lleve en su corazón el deseo de ayudar a los que no pueden defenderse.   Te protegerá mientras protejas a los demás; tú serás la espada que cuidará a quienes estén a tu alrededor y si nunca les fallas ella nunca te fallará”.

Me sentí feliz por primera vez en mucho tiempo, ahora tenía la seguridad de poder defender a quien lo necesitara y evitar el mayor sufrimiento posible.  Guardé mi nueva arma y después de presentar mis respetos a quien me había entregado este gran regalo partí para encontrarme con mis compañeros.

El resto del camino fue tranquilo, tardé un rato en hallar la salida del bosque y recobrar mi camino, sin embargo no tardé en hallar a mis hombres.  La batalla había sido una victoria para nosotros y solamente perdimos cuatro  hombres; cuatro hombre que nunca olvidaré y a los que estaré siempre agradecido.  Ahora podíamos continuar nuestro camino para liberar al mundo del mal que lo asolaba y me aseguraría que exista el día cuando nadie tenga que vivir lo que he vivido.

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